El yelmo

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Refulge el sol

en el yelmo y la piedra,

guiño vernal.

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Paseando por Lisboa III. El naufragio del Minotaur. Turner (Fundación Calouste Gulbenkian)

Alborea una mañana inesperadamente fresca, el desayuno más o menos contundente, premisas suficientes para un agradable y largo paseo que nos conducirá hasta la Fundación Gulbenkian.

Desde la entrada y de reojo observo una edificación “moderna”, los años 60 me contemplan. Un estilo constructivo cuya apariencia exterior casi siempre me transmite frialdad, una frialdad que no impide que me adentre en la Fundación cuyo interior es diáfano, con espacios marcados por la horizontalidad, una horizontalidad que de forma sutil, aunque sin obviar cierta brusquedad, guía nuestra mirada hacia el exterior del edificio, como si el arquitecto lo quisiese imbricar en un todo ajardinado y boscoso, en un espacio verde circundante hasta cierto punto abigarrado que parece introducirse por sus grandes ventanales. Un bosque que poco a poco se acomoda y se apropia de la construcción mediante setos y flores que se engarzan en el cemento, una conjunción que observo e intento entender mas no alcanza mi “yo” emotivo, como si habláramos diferentes lenguas, lo que me obliga a aprender un nuevo “idioma” que me permita acceder a aquello que el arquitecto nos quiere decir. El S. XX  y el arte creado en ese siglo, en cierto modo, es un arte que exige del que lo observa un esfuerzo intelectual importante, como paso previo a un acercamiento a tales obras, de lo contrario sencillamente la mayoría de sus espectadores nos quedaríamos desnudos e indiferentes ante aquello que se nos muestra.

La Fundación, poco a poco me muestra aquello que atesora, y ese frío que aún percibo, se va contrarrestando con aquello que me ofrece.

La librería es de primerísimo nivel, allí se encuentran tesoros hermosísimos, trabajos de una profundidad que el poco tiempo disponible apenas me permite saborear, mas en mi mente queda grabado un lugar al que algún día regresaré, y que abandono para visitar la Colección.

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Entre sus numerosas obras, quiso la casualidad que me encontrase con un cuadro de Turner, “El naufragio del Minotaur” . El flechazo fue instantáneo. Una obra de principios del S. XIX, expuesta en un museo de una capital del occidente europeo que sufrió un terremoto y posterior maremoto, tan sumamente devastador que allá por el año 1755 sacudió no solo la ciudad, sino que también a un país, e hizo que se tambalearan algunas certezas, hecho que sorprendió a los intelectuales de la época, ya que en cierto modo una época tocaba a su fin y otra comenzaba o más bien ya era una realidad, y de eso puede ser una maravillosa y dramática metáfora el cuadro de Turner. Un lienzo en el que las procelosas aguas de un mar agitado hacen naufragar un enorme barco cuyos mástiles astillados aboyan cual encabritados y peligrosos arietes que el azar acerca o aleja de los botes y maderos salvavidas, pequeños por definición, mas enormes a ojos del artista, ya que son el último soporte o asidero para los supervivientes.

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Supervivientes que se esfuerzan y socorren a los náufragos que todavía se sujetan a un remo auxiliante, mientras otros náufragos con el semblante demudado observan el navío que zozobra e imploran desde un bote que se balancea con las velas desplegadas sobre un mar arbolado. La atmósfera del lienzo es densa, tormentosa y llena de dramatismo, mas unas pinceladas mínimas (negra, blanca y roja) llaman mi atención, tal vez es un resto del naufragio que flota a la deriva, aunque cuanto más me aproximo más frío siento, posiblemente se trata de un náufrago, tal vez aún vivo y sujeto a un madero, tal vez un…, unas pinceladas que inexplicablemente equilibran el lienzo, una mínima calma en medio de una escena dantesca, como la calma que se puede percibir en el ojo de un huracán.

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Tres épocas históricas se superponen en mi pensamiento, el terremoto de 1755 en Lisboa, la Revolución Industrial del S XIX, y la actual 4ª Revolución Industrial, cuyas víctimas buscan a un artista que las inmortalice para no caer en el olvido.

Paseando por Lisboa II. El tranvía.

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A veces tenemos ocasión de viajar en el tiempo, una experiencia que pude percibir al traspasar la puerta de un tranvía, un tranvía cuyo vagón  me traslada a una película de época, película en la que un gentleman viaja de pie en medio del bullicioso magma que conforman los habitantes de una capital de un pequeño país del occidente europeo, un tranvía que traquetea arriba y abajo, a derecha e izquierda serpenteando por la estrechas y sinuosas calles de la ciudad, realizando giros imposibles y saliendo airoso de  encuentros fugaces con otros tranvías que circulan en sentido contrario y que parecen condenados a impactar el uno contra el otro. dsc_0305.jpg

Sentado en uno de los pocos asientos de los que dispone el vagón, observo como la ciudad pasa ante mis ojos, fachadas antiguas necesitadas de  rehabilitación y fachadas relucientes se intercalan a lo largo del recorrido, mientras el bullicioso mariposeo de un enjambre de vehículos, aparatos tan variopintos como lo pueda ser la imaginación de sus creadores, dinamiza y colorea una ciudad que cabalga entre la tradición y la modernidad. Un recorrido que me adentra en una vieja metrópoli cuya “zona antigua” anima al paseo, un deambular entre miradores desde los que se puede observar una hermosa simbiosis entre lo antiguo y lo moderno, una ciudad asentada entre colinas, orillando un espejeante mar de la Paja, que tras los tejados se puede vislumbrar.dsc_0533.jpg

Un tranvía mítico que los turistas saturan, un “eléctrico” en el que de vez en cuando se adentra un lisboeta que aúna a la incomodidad propia de la masa que llena el pequeño transporte, la incomodidad del alma, ya que se siente un extraño en su propia ciudad, puesto que es el único viajero del tranvía 28 que  reside en Lisboa; cosas del turismo, un flujo incesante de personas que parece arrollarlo todo. 

Aún imbuido en una atmósfera de otro tiempo, un ajetreo inusual dentro del tranvía me advierte que está a punto de terminar su recorrido el “eléctrico” Nº 28.

El melocotón

Los cuerpos aún húmedos, las toallas extendidas, la arena cálida, la marea baja, la ensenada hermosamente bañada por un sol rojizo que en el ocaso del día lame los cuerpos de los bañistas, un marco que un hombre levemente incorporado y apoyado sobre sus brazos extendidos observa. A pocos metros, el cuerpo bronceado de una mujer atrae su atención, una mujer que tras un movimiento de su brazo derecho descubre el amarillo intenso de un melocotón de viña, una esfera luminosa que sus manos acarician en un gesto higiénico, y el cuerpo que eclipsa el primer mordisco, únicamente intuido por el movimiento de sus brazos, el ritmo lento, demorado, tal vez pautado por la naturaleza, cuyas tardes de verano parecen eternas, un tiempo de solaz en el que se agostan los campos, cantan las cigarras y las luciérnagas puntean las praderas. Mientras acerca el melocotón a su boca exornada por unos labios carnosos, una gota se desliza por la comisura de sus labios, ámbar que brilla irisado por los últimos rayos de sol de un día de finales de agosto, una mujer que despreocupada gira la cabeza hasta que sus miradas se cruzan en un punto indeterminado, mostrando ambos una sonrisa hasta cierto punto cómplice, un guiño entre desconocidos, él amable, ella encantada de que aquel hombre la observe, sensación agradable en la que la mirada distante ilumina un torso hermoso, mientras aquella mujer da los últimos mordiscos a aquel melocotón…

Paseando por Lisboa. Casa Fernando Pessoa.

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Paseo la ciudad cual perseguidor de sueños, tal vez influido por viejas lecturas, vagos recuerdos que busco en mi mente y que apenas asoman, mientras los adoquines mínimos y resbaladizos, en superficies onduladas me conducen caprichosamente como el agua mansa hacia un destino por descubrir. Lugares que mi guía me indica, un texto breve, muy breve, apenas una insinuación en forma de estrella sobre una sección de plano que he hojeado tantas veces en tan poco tiempo, un lugar del que desconocía su existencia, aunque intuía que una ciudad volcada con tan insigne personaje tendría que tener alguna casa dedicada al poeta. Probablemente una casa como cualquier otra, probablemente situada en una calle de un barrio hasta cierto punto anodino y alejada del centro, al menos así debía suceder a principios del S.XX, un lugar que pretendo visitar, un lugar al que me acerco dando un pequeño rodeo, tal vez influenciado por el relato de Antonio Tabucchi “Los tres últimos días de Fernando Pessoa”; un rodeo que comienza por la Basílica da Estrela, pasando por el jardín del mismo nombre y al fin tras un breve paseo alcanzar la casa del poeta, ese edificio cuya fachada está decorada con palabras y tal vez versos del poeta, una fachada que cual velo, esconde unos pocos muebles, toscos, básicos, imprescindibles para una vida en solitario: una cama, una mesa, una estantería, una silla…, tal vez el único mueble “superfluo”, casi innecesario para una vida humilde era aquel arcón abierto y lleno de papeles, un baúl lleno de escritos arrugados que nos recuerdan que allí habitó el poeta.dsc_0411 Me asomo a la ventana y como no alcanzo a ver ningún establecimiento de tabacos, continúo el recorrido por el apartamento de un hombre tímido, que tras aquellas gafas oscuras, embutido en aquel traje intemporal, siempre con el sombrero puesto y tal vez acompañado por sus heterónimos iba pergeñando una obra en la que casi todo iba a ser descubierto.

Vislumbres desde el viejo colmado: El beodo

Mientras leo un libro en el viejo colmado, un hombre o tal vez un espectro que por su constitución parece un hombre pasa por delante del escaparate, literalmente sujetándose a las paredes; un hombre cuyas manos perseguidas por su mirada en escorzo, flotan hacia el horizonte, gesto que busca solventar el hueco que la entrada del negocio deja libre y sin posibles apoyos, mientras con pasos cortos y acelerados intenta alcanzar las manos y los brazos que se desplazan ansiosos por abrazar un mástil de metal que le confiera seguridad, unas extremidades que ya están alejándose al tiempo que el cuerpo se contorsiona, intentando que ese hombre a punto de quebrarse no se descoyunte, impidiendo que aquella masa aparentemente sujeta por una percha invisible no se desplome por efecto de alguna de las leyes de la gravedad, y para ello, sus extremidades inferiores corren tras un tronco aparentemente inalcanzable, unos pasos mínimos y veloces que en unas décimas de segundo, segundos eternos, permiten que aquella figura recupere su frágil apariencia de hombre…

POLLOCK

Al visualizar la obra de Pollock, observo que un maremágnum de colores y trazos, audacia pictórica en la que el caos, la inmensa densidad de colores y trazos, polifonía de color hasta cierto punto estridente, trazo salvaje en arrebatador ejercicio,  me cautiva, percibiendo como si las fuentes inmanentes al ser humano le llevasen a reproducir la realidad, o tal vez conceptualizar el momento histórico que al pintor le ha tocado en suerte vivir, en el que la explosión de palabras, ideas y conceptos se exponen de forma atronadora, desmesurada, un tiempo donde la técnica y la ciencia “evolucionan” velozmente, un paroxismo aún no finalizado, que tan bien supo llevar al lienzo Pollock, y ahí posiblemente reside la fuerza de sus cuadros, pudiendo ser una explicación del mundo, de aquello que le rodea. Cuadros en los que el artista vierte, expulsa su genio interior a modo de exorcismo, ese ser interior que anida en él y le obliga a transferir al lienzo todo lo que su yo es, percibe y siente, surgiendo de ese boscaje o espesura la obra maestra.