Alberto Giacometti en el Museo del Prado

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Si las esculturas alargadas, casi etéreas, de Giacometti visitan el Museo y se entrecruzan con los muchos visitantes, el que esto escribe, al pasear por sus salas, se siente como un junco mínimo que un viento lleno de arte zarandea. Un Museo lleno de exquisitas obras de arte, donde los cuadros, los personajes allí retratados nos persiguen con la mirada y nos devuelven aquello que nosotros llevamos dentro, siempre enriquecido por la mirada del artista.

Al entrar en una sala observo “El Hombre que camina”, una escultura que parece buscar la salida tras un diálogo imposible, ya que la belleza que nos circunda sobrepasa a los que allí estamos, una estatua que parece que se aleja con ademán decidido y al mismo tiempo está inmóvil por su propia esencia; siempre me ha llamado la atención que Giacometti crease figuras alargadas, etéreas, y al mismo tiempo su basamento fuese tan pesado y lastrante, unos basamentos aparentemente desproporcionados con respecto a las esculturas que soportan, figuras que parecen desvanecerse, elevarse, mas las esculturas son tremendamente telúricas en virtud de unas bases extraordinariamente pesadas, aunque “El Hombre que camina” apenas se mantiene sobre una loseta lo suficientemente alargada para que la gran zancada de nuestro compañero de visita quede sujeta, firme, generando un dinamismo-estático, como si la figura se hubiese quedado trabada mientras las meninas nos observan desde el fondo de la sala.

Al pasear por el Museo, muy a menudo, percibo una soledad indefinible, una soledad que parece acompañarnos como si una barrera invisible nos aislase del tropel de visitantes allí presentes ( los museos son lugares, casi siempre, asépticos y fríos) aunque en esta visita ese frio se contrarresta con la proximidad de la obra de Giacometti, como si aquel grupo de figuras se encarnase y con mi familia me acompañase por las distintas salas del Museo, unas esculturas que probablemente echaré en falta en mi próxima visita al Museo del Prado.

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Toledo

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Como dijo el poeta, “de demasiadas cosas ya han pasado demasiados años”, y Toledo bien merecía una visita lenta, demorada, tras varios lustros sin visitar aquella ciudad que mi imaginario guarda con tanto celo y a la que a la postre regreso con la intención de recorrerla con calma.

Desde la otra orilla del Tajo, la ciudad antigua se manifiesta con toda su grandiosidad, siendo en gran medida la misma que recuerdo, aunque los caminos que nos conducen a ella han sido modificados, construidos, moldeados para ser transitados al modo actual, o a la moda, esto es, se ha horadado la montaña para crear un acceso mecánico que nos conduce casi hasta la Plaza de Zocodover, unas escaleras mecánicas que nos “depositan” en el centro de la ciudad antigua. El resultado es todo un acierto de la ingeniería y del diseño, que al mismo tiempo conlleva la creación de una senda que todos o casi todos los turistas toman, con lo que supone de pérdida de libertad, de artificialidad, de velocidad, que en muchos casos supondrá perder muchos placeres inherentes al paseo, de ese caminar sin destino fijo, deambulando tranquilamente por las callejas de la ciudad; mas mis piernas agradecen ese acceso rápido, veloz, y más aún si cabe, dada la climatología que nos acompañó a lo largo de este periplo; una lluvia intermitente, unas borrascas que nos acecharon a lo largo de dos días, impidiendo que las procesiones de Semana Santa pudiesen recorrer la ciudad, unas borrascas que nos permitieron observar y recordar aquellos cielos abigarrados y llenos de nubes, aquella atmósfera tan amenazante y tan del Greco. Cielos cargados, oscuros, ennegrecidos, cuyas nubes nos obligaban a pasear con el paraguas en la mano, mientras la mirada observaba de reojo el cielo, buscando pistas sobre una lluvia que amenazaba abatirse sobre nosotros, otras veces observábamos aquella aplicación del móvil que nos advertía de a qué hora y con qué intensidad nos visitaría la lluvia (cosas de la modernidad), y así recorrimos la ciudad buscando equilibrar el callejeo, observando su portentosa arquitectura intentando evitar la lluvia.

Toledo es una ciudad tan llena, tan colmada de belleza, una ciudad que en parte se deja abrazar por el Tajo que la circunda y que desde su cauce se ve majestuosa, qué impresión tendrían aquellos viajeros que se acercaban por primera vez a Toledo y traspasaban el Puente de Alcántara, observando aquella montaña, coronada por una ciudad tan pétrea, y al mismo tiempo tan dúctil, en la que tres culturas convivieron a lo largo de tantos siglos, enriqueciéndola tanto. Una ciudad por la que paseó y en la que vivió un pintor, que del Mediterráneo oriental provino, un pintor con un gusto muy castellano, enriquecido con un profundo amor por el color, cuyas figuras alargadas nos muestran un cierto aire ascético, monástico, “religioso”, un hombre que se ha fusionado con la ciudad, de tal suerte que sería impensable sin el Greco y viceversa, siendo de ello un ejemplo sus cielos abigarrados y borrascosos que mi mente recordó al observar el cielo de Toledo. Al pasear por el casco antiguo, se percibe la yuxtaposición de la herencia musulmana, hebraica y cristiana, con sus manifestaciones, tanto constructivas, que el paseante puede observar a “simple” vista, como por aquel fondo intangible, inmaterial, esa impronta que los años y las múltiples culturas han depositado y que a modo de atmósfera percibo, como si percibiese el pensamiento del alarife al decidir qué y cómo hacer, desde la más pequeña casa hasta la joya constructiva más deslumbrante.

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Todo ello va y viene a mi mente mientras caminamos sobre las piedras húmedas de las callejas, que en la anochecida me recuerdan a aquellas otras que tantas veces he recorrido en mi querida Santiago de Compostela, ese aire húmedo, ese brillo bajo la luz de las farolas, los monumentos embellecidos y profusamente iluminados, y nuestros pasos, lentos, demorados, paseo de una familia que regresa a su hotel, mientras los paraguas afianzan nuestro caminar cual bastones, cuyos golpes secos sobre las baldosas húmedas de la ciudad pautan nuestros pasos, en un deambular solitario o casi. La ciudad se nos muestra en calma, mientras el aire fresco de la noche, y la luz mortecina de las farolas desperdigadas, creadoras de sombras, iluminadoras de caminos, nos envuelve cual manto aterciopelado, los desagües de los tejados vierten unas pocas gotas rezagadas, o tal vez vanguardia de futuras borrascas que amenazan la ciudad.

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Una tarde de letras y música.

Tras un largo y pronunciado abrazo de un sofá, no tan cómodo como hubiese deseado, pero lo suficientemente mullido como para haber disfrutado de una siesta, que  aunque mínima tan satisfactoria, el protagonista de este pequeño relato observa su biblioteca y como casi siempre, le asalta la duda, la sempiterna duda, qué volumen escoger. Las dimensiones del libro a tomar del anaquel las prefigura el espacio y el tiempo. El espacio físico del que dispone nuestro protagonista es mínimo, un bolsillo de una chaqueta de invierno que cual sobretodo lo acompaña y abriga en casi todos sus viajes, lo que le lleva a decidirse por  un libro cuyas dimensiones se acomoden al hueco de uno de sus bolsillos exteriores. Tras haber decidido el tamaño, la siguiente pregunta le obliga a meditar durante unos escasos segundos acerca de la cantidad de páginas que sería capaz de leer, o asimilar en un periodo de tiempo tan corto, un tiempo que viene marcado por un trayecto en tren, el que dista desde una ciudad del sur hasta otra ciudad del norte, un trayecto que hace demasiado tiempo no realiza y cuyos recuerdos se desvanecen en el tiempo, un tiempo en el que la duración del viaje era tan variable como las circunstancias meteorológicas, técnicas e incluso esotéricas tuviesen a bien influir en el estado de la vía, la maquinaria, o vaya usted a saber qué otras vicisitudes que obligasen a nuestra bien apreciada compañía de ferrocarriles a dilatar el viaje más allá de lo preestablecido, pero eso sucedía en otros tiempos, ahora en pleno S. XXI las cosas han cambiado y la puntualidad es una de sus características más reseñables. Aunque la distancia es importante, y las paradas varias, la compañía de ferrocarriles le indica en el billete que la duración del viaje será de aproximadamente una hora y media, un tiempo que sólo le permite, en el mejor de los casos la lectura de un texto breve, si a ello le añadimos un cierto nivel de torpeza mental, o tal vez cansancio, las páginas a leer se reducen de forma considerable, todo ello lleva a nuestro protagonista a coger de su biblioteca “El ruletista” de Mircea Cartarescu, un libro que tras su adquisición hace ya casi dos lustros, aguardaba pacientemente la mano amiga de un lector.

Los andenes de una estación construida “ex novo” en el mismo lugar en el que estaba la antigua, albergan los distintos convoyes que transportan a los pasajeros de norte a sur y viceversa, una estación y unos andenes a los que el viajero accede como si de un topo se tratase, descendiendo y descendiendo para que al arrancar, el tren se introduzca por un túnel que a nuestro protagonista se le antoja demasiado largo y oscuro, tal vez añore aquellos maravillosos recorridos bordeando la costa, empero la modernidad o tal vez la velocidad obligaron a los ingenieros a realizar demasiados túneles, un comienzo de un viaje que apenas percibe, ya que se arrellana en su asiento, tomando en sus manos el relato para poco a poco introducirse en otra ciudad, en otro país, Rumanía, esa Rumanía llena de una arquitectura “realista socialista” muy querida por los regímenes comunistas, que generó espacios subterráneos, lugares lúgubres, que permitían esconder esa otra realidad, un submundo que todo grupo humano desarrolla y que, más o menos es igual en todas partes. Mircea es capaz de trasladar al lector a ese submundo, al mismo tiempo que le inocula un ansia por descubrir todas aquellas vicisitudes que se van sucediendo en el relato, un texto que le mantiene entretenido, llevándole a un nivel de lucidez mayor del que tenía al comenzar la lectura y todo ello gracias a la técnica narrativa y a la trama, una trama hasta cierto punto compleja, en la que no se sabe qué personaje es plausible y cual es un imposible, una trama que atrapa a nuestro protagonista hasta casi alcanzar la estación de destino, una obra breve que se ajusta al trayecto como un guante a una mano. Las circunstancias se manifestaban propicias para nuestro viajero, un hombre de mediana edad que con esta lectura había tomado un “pequeño aperitivo” previo al concierto.

Las horas se suceden veloces, y un pequeño cosquilleo empieza a anidar en su interior, el motivo de su viaje era asistir al concierto de Mark Knopfler en aquella ciudad del norte, en un espacio cubierto de grandes dimensiones al que afluye un río de gente, todos o casi todos “talludos”. El ambiente previo al concierto es tranquilo, relajado, mientras un amplio grupo de trabajadores dedicados a la seguridad y a otros menesteres, permiten que los asistentes al concierto traspasen las puertas de entrada sin la menor objeción.

Un viejo músico, un “old guy” toca unos pocos acordes ante un público volcado y deseoso de escuchar, ver y sentir, como aquella “maravillosa banda” de viejos conocidos y tal vez amigos tocan nuevas y viejas canciones. Hay veces en que la asistencia del público realza al convocante a un mitin o reunión, pero en otras ocasiones el artista y la banda que lo acompañan permiten decir a aquellos “pocos” afortunados que acudieron al evento: yo estuve allí y pude escuchar aquellos acordes, aquel diálogo entre instrumentos maravillosamente tocados por unos músicos de primer nivel, que se reunieron  para disfrutar con su música ante la mirada atenta de aquellos que allí estaban, un público volcado y emocionado, que se mostraba tremendamente cariñoso con el artista y su banda.

Escuchando a Mark Knopfler nuestro protagonista traspasa las barreras del tiempo y del espacio en un flash-back que lo retrotrae al siglo pasado, a un viejo walkman, y a aquella cinta de los Dire Straits, “Brothers in arms” cuyas canciones le acompañaron por una campiña a lo largo de tres semanas…

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Paseando por Lisboa III. El naufragio del Minotaur. Turner (Fundación Calouste Gulbenkian)

Alborea una mañana inesperadamente fresca, el desayuno más o menos contundente, premisas suficientes para un agradable y largo paseo que nos conducirá hasta la Fundación Gulbenkian.

Desde la entrada y de reojo observo una edificación “moderna”, los años 60 me contemplan. Un estilo constructivo cuya apariencia exterior casi siempre me transmite frialdad, una frialdad que no impide que me adentre en la Fundación cuyo interior es diáfano, con espacios marcados por la horizontalidad, una horizontalidad que de forma sutil, aunque sin obviar cierta brusquedad, guía nuestra mirada hacia el exterior del edificio, como si el arquitecto lo quisiese imbricar en un todo ajardinado y boscoso, en un espacio verde circundante hasta cierto punto abigarrado que parece introducirse por sus grandes ventanales. Un bosque que poco a poco se acomoda y se apropia de la construcción mediante setos y flores que se engarzan en el cemento, una conjunción que observo e intento entender mas no alcanza mi “yo” emotivo, como si habláramos diferentes lenguas, lo que me obliga a aprender un nuevo “idioma” que me permita acceder a aquello que el arquitecto nos quiere decir. El S. XX  y el arte creado en ese siglo, en cierto modo, es un arte que exige del que lo observa un esfuerzo intelectual importante, como paso previo a un acercamiento a tales obras, de lo contrario sencillamente la mayoría de sus espectadores nos quedaríamos desnudos e indiferentes ante aquello que se nos muestra.

La Fundación, poco a poco me muestra aquello que atesora, y ese frío que aún percibo, se va contrarrestando con aquello que me ofrece.

La librería es de primerísimo nivel, allí se encuentran tesoros hermosísimos, trabajos de una profundidad que el poco tiempo disponible apenas me permite saborear, mas en mi mente queda grabado un lugar al que algún día regresaré, y que abandono para visitar la Colección.

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Entre sus numerosas obras, quiso la casualidad que me encontrase con un cuadro de Turner, “El naufragio del Minotaur” . El flechazo fue instantáneo. Una obra de principios del S. XIX, expuesta en un museo de una capital del occidente europeo que sufrió un terremoto y posterior maremoto, tan sumamente devastador que allá por el año 1755 sacudió no solo la ciudad, sino que también a un país, e hizo que se tambalearan algunas certezas, hecho que sorprendió a los intelectuales de la época, ya que en cierto modo una época tocaba a su fin y otra comenzaba o más bien ya era una realidad, y de eso puede ser una maravillosa y dramática metáfora el cuadro de Turner. Un lienzo en el que las procelosas aguas de un mar agitado hacen naufragar un enorme barco cuyos mástiles astillados aboyan cual encabritados y peligrosos arietes que el azar acerca o aleja de los botes y maderos salvavidas, pequeños por definición, mas enormes a ojos del artista, ya que son el último soporte o asidero para los supervivientes.

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Supervivientes que se esfuerzan y socorren a los náufragos que todavía se sujetan a un remo auxiliante, mientras otros náufragos con el semblante demudado observan el navío que zozobra e imploran desde un bote que se balancea con las velas desplegadas sobre un mar arbolado. La atmósfera del lienzo es densa, tormentosa y llena de dramatismo, mas unas pinceladas mínimas (negra, blanca y roja) llaman mi atención, tal vez es un resto del naufragio que flota a la deriva, aunque cuanto más me aproximo más frío siento, posiblemente se trata de un náufrago, tal vez aún vivo y sujeto a un madero, tal vez un…, unas pinceladas que inexplicablemente equilibran el lienzo, una mínima calma en medio de una escena dantesca, como la calma que se puede percibir en el ojo de un huracán.

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Tres épocas históricas se superponen en mi pensamiento, el terremoto de 1755 en Lisboa, la Revolución Industrial del S XIX, y la actual 4ª Revolución Industrial, cuyas víctimas buscan a un artista que las inmortalice para no caer en el olvido.

Paseando por Lisboa II. El tranvía.

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A veces tenemos ocasión de viajar en el tiempo, una experiencia que pude percibir al traspasar la puerta de un tranvía, un tranvía cuyo vagón  me traslada a una película de época, película en la que un gentleman viaja de pie en medio del bullicioso magma que conforman los habitantes de una capital de un pequeño país del occidente europeo, un tranvía que traquetea arriba y abajo, a derecha e izquierda serpenteando por la estrechas y sinuosas calles de la ciudad, realizando giros imposibles y saliendo airoso de  encuentros fugaces con otros tranvías que circulan en sentido contrario y que parecen condenados a impactar el uno contra el otro. dsc_0305.jpg

Sentado en uno de los pocos asientos de los que dispone el vagón, observo como la ciudad pasa ante mis ojos, fachadas antiguas necesitadas de  rehabilitación y fachadas relucientes se intercalan a lo largo del recorrido, mientras el bullicioso mariposeo de un enjambre de vehículos, aparatos tan variopintos como lo pueda ser la imaginación de sus creadores, dinamiza y colorea una ciudad que cabalga entre la tradición y la modernidad. Un recorrido que me adentra en una vieja metrópoli cuya “zona antigua” anima al paseo, un deambular entre miradores desde los que se puede observar una hermosa simbiosis entre lo antiguo y lo moderno, una ciudad asentada entre colinas, orillando un espejeante mar de la Paja, que tras los tejados se puede vislumbrar.dsc_0533.jpg

Un tranvía mítico que los turistas saturan, un “eléctrico” en el que de vez en cuando se adentra un lisboeta que aúna a la incomodidad propia de la masa que llena el pequeño transporte, la incomodidad del alma, ya que se siente un extraño en su propia ciudad, puesto que es el único viajero del tranvía 28 que  reside en Lisboa; cosas del turismo, un flujo incesante de personas que parece arrollarlo todo. 

Aún imbuido en una atmósfera de otro tiempo, un ajetreo inusual dentro del tranvía me advierte que está a punto de terminar su recorrido el “eléctrico” Nº 28.

El melocotón

Los cuerpos aún húmedos, las toallas extendidas, la arena cálida, la marea baja, la ensenada hermosamente bañada por un sol rojizo que en el ocaso del día lame los cuerpos de los bañistas, un marco que un hombre levemente incorporado y apoyado sobre sus brazos extendidos observa. A pocos metros, el cuerpo bronceado de una mujer atrae su atención, una mujer que tras un movimiento de su brazo derecho descubre el amarillo intenso de un melocotón de viña, una esfera luminosa que sus manos acarician en un gesto higiénico, y el cuerpo que eclipsa el primer mordisco, únicamente intuido por el movimiento de sus brazos, el ritmo lento, demorado, tal vez pautado por la naturaleza, cuyas tardes de verano parecen eternas, un tiempo de solaz en el que se agostan los campos, cantan las cigarras y las luciérnagas puntean las praderas. Mientras acerca el melocotón a su boca exornada por unos labios carnosos, una gota se desliza por la comisura de sus labios, ámbar que brilla irisado por los últimos rayos de sol de un día de finales de agosto, una mujer que despreocupada gira la cabeza hasta que sus miradas se cruzan en un punto indeterminado, mostrando ambos una sonrisa hasta cierto punto cómplice, un guiño entre desconocidos, él amable, ella encantada de que aquel hombre la observe, sensación agradable en la que la mirada distante ilumina un torso hermoso, mientras aquella mujer da los últimos mordiscos a aquel melocotón…